(Para cerrar con mis entradas sobre mi viaje a Oaxaca de 2013, porque en 2014, nos vamos de nuevo al sur :P)
Mientras nos acercamos a la casa, pareciera que las calles confluyen también con nosotros hacia el mismo punto, la construcción se impone sencilla y acogedora y las plantas la rodean como parte misma de su forma; mientras sube uno la escalera, los colores estallan ante nuestros ojos: puntos naranjas, rosados, pizarra y carmín que revientan como burbujas de textura cremosa y corrugada. Estamos en una de las casas de San Antonio Arrazola, en el Valle de Oaxaca en la parte sur de México, donde la magia y la locura se manifiestan en pintura y escultura.

La historia de los Alebrijes, figuras de colores llamativos hechas de madera de copal, talladas a mano y pintadas todavía más a mano si es que me permiten usar la expresión, es simple pero entretenida; un hombre, Pedro Linares López, de cierta tendencia alcohólica, tuvo una visión en una de sus muchas "fiestas", donde un ser de colores y con partes de distintos animales lo llamaba diciéndole "¡Alebrije!, ven", al despertar había sido tal su impresión que no sólo quiso plasmar a dicho ser físicamente, sino que además dejó de beber (si buscan en internet, la versión oficial no es que anduviera "enfiestado" sino que se hallaba moribundo XD).